Canela

Por fin terminé mi café con 3 kilos de canela. Y sí, también es otra de las cosas que solo me suceden a mí.

Fue un accidente, lo reconozco. Estaba distraída oliendo el café recién hecho que no reparé en que la canela se vació en mi taza y la atiborró.

Tuve la opción de tirar toda una taza completa de café con suficiente canela para preparar un 1 litro de arroz con leche, o invadirme de la especia hasta la garganta sin saber qué podría esperar.

Olí y no olía nada mal, al contrario. El olor era exquisito y me recordó muchos exóticos platillos hindúes y árabes repleto de especias, olores y sabores exóticos que generan sensación de calor y ansiedad de no parar en cada bocado aunque te quemes la boca.

«Voy por una pizca de sabor y de emoción y termino echándome encima más de lo que puedo abarcar.»

—Aplica en la vida, café, la canela, las especias y hasta en la sensualidad. —

No soy persona de simplezas. Me provoca apatía las cosas sin chiste, color, ni sabor. Lo sencillo en cambio, es diferente.

Porque dentro de la sencillez existen pequeñas dosis de algo puro e intocable llamado sabor, belleza y hasta cierto toque de elegancia.

Bebí mi taza con 3 kilos de canela y me dieron ganas de hacer cosas locas; total, había consumido las especias suficientes para hacerlo. Estaba justificado.

La lección más importante que aprendí de este accidente, es que de pronto te puedes encontrar con gratos momentos inesperados.

Las especias no se desperdician, se aprovechan.

La vida nos enseña que el sabor que puede darnos es esencial para disfrutar un momento y convertirlo en único.

«Me acabo de beber 3 kilos de canela en una taza de café; y tú, ¿qué has hecho este día para ponerle sabor a tu vida?»

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Parte de la vida

Tropecé sin fijarme en un jardín bañado por la fina lluvia de un aspersor. Pensé, — es el tipo de cosas que me pasarían a mí.

Al llegarme el olor de la tierra húmeda gritando vida, decidí no parar. Metí los pies en ese pasto lodozo y dejé que sus dedos verdes me abrazaran.

«Tierra besando mis dedos, agua acariciando mis tobillos y pasto abrazado a las orillas de mis sandalias romanas.»

Pensé de pronto en las sandalias, sabiendo que probablemente después de esta experiencia no dudarían mucho. Entonces, sonreí.

Echaría de menos mis sandalias pero la experiencia de estar ahí, en ese instante en que el mundo de se detuvo, fue única.

Por un instante fui la tierra, el árbol y el agua. La semilla, el olor a humedad, las flores y su ruido. Por un instante «fui la vida».

Mis pies se convirtieron en jardín durante un momento y supe que para la siguiente vida querría ser parte de él.

Mis sandalias, finalmente no sobrevivieron. Dieron todo de sí. Me obsequiaron la poca vida que les quedaba para que yo formara parte de un recuerdo singular que vivirá en mi memoria para siempre.

Al final, solo somos parte de la vida.

Inevitable

El amor es tan dulce como la fruta que viene cayendo del árbol.

Tan doloroso como la espina que sin querer no has visto y se te clava en los dedos.

Es tan suave como la seda cayendo de la piel al suelo.

Y tan inesperado como el viento que se mete entre los pliegues de tu falda.

 

El amor es dulcemente doloroso y de todas formas, inevitable.